«La casa» de Paco Roca y mi casa

Imagino así a mi tía Julia saliendo de su casa por última vez:

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La imagen es del libro «La casa» de Paco Roca. Es un libro que habla del paso del tiempo y en el que me veo muy reflejada, ahora que yo he decidido quedarme con esta casa en la que tantos ratos pasé con mi tía.

Recuerdo que todos los veranos nos despedíamos en la puerta de su casa, ella dentro y nosotros fuera, pero después siempre salía un poco por detrás y se asomaba a la esquina de la calle Mayor y desde allí nos decía adiós por última vez con un gesto de la mano.

Con el paso de los años, cuanto mayor se hacía (sobre todo después de prepararse su propia tumba a los 84 años -y murió con 97-) más conciencia tomaba yo de que aquella despedida en esa esquina podría ser la última y creo que ella también lo vivía así y que esos pasos de más antes de despedirnos siempre era como una manera de alargar el tiempo y alargar la vida. Me gustaba pensar que algún día la última imagen que tendría de ella sería así, alegre, conversadora, a la luz del día, en la esquina de su casa.

Vivió sola en esa casa hasta los 94. La última vez que la vi, sin embargo, fue en una residencia. Una bloguera famosa de la época me había llevado en coche de Barcelona a Soria y le pedí si me podía acercar a ver a mi tía a la residencia, que estaba en un pueblo sin transporte público. Allí fuimos las dos y estuvimos un rato con ella, aunque se la veía muy cansada y ya no era la mujer conversadora y sonriente que siempre había sido. Le costaba mucho levantarse de la silla, se despidió desde allí, y lo último que me dijo fue «acuérdate de la cama».

En el libro de Paco Roca hay una escena brutal, en la que toda una vida se resume en un contenedor de basura:

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Mi tía, cuando aun cansada y sin apenas poder hablar sacó fuerzas para decirme «acuérdate de la cama» precisamente estaba intentando evitar que una parte su memoria acabara en un contenedor.

Una de las pocas veces que subí con ella a la parte de arriba de su casa me había enseñado su cama y me había explicado que la habían mandado hacer en Calatayud cuando se casó y que era de madera de roble de Holanda. Me preguntó si me gustaba. Le contesté que sí, claro, y ella con su típica sonrisa susurró «pues algún día, para ti».

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Creo que a mi tía Julia le haría mucha ilusión saber que su casa me la he quedado yo. Es verdad que hemos tirado muchas cosas (cuántas historias detrás de ellas, que ya nadie conoce) y que tendré que tirar aún más. Pero en la medida de lo posible voy a intentar conservar todo lo que se pueda.

Y en eso estoy, en cambiar y conservar, en dar una nueva vida a la casa y no dejar que se muera tras una puerta cerrada.